Otrora futura.

Otrora futura.

Pisa suelo y sentirás bajo tus pies la realidad por la que transitas banalmente; toca techo y habrás coronado el nirvana de esa realidad. Habla de ti y sabrán cuáles son tus debilidades; cállate todo y morirás de inanición social. Expresa lo que quieres, y te tacharán de caprichoso; sé humilde, y creerán que eres cínico e hipócrita. Pondrán en tela de juicio todos tus movimientos, para saber si vas de farol o con todas las de la ley, y sólo lo harán por beneficio propio, siendo ellos quienes más egoístas resultan, detrás de la fachada impoluta a ojos de claros ignorantes.

Creen que nada más sirve que aquella deflagración con la que esputan sus tristes y penosas acciones, empero cada cual debe creer que esas quimeras, que para prójimos consideran inalcanzables, son las axiomáticas. Aún con desavenencia hay que discurrir más allá, hay que romper blindajes mentales y generar el cambio inter e intrapersonal, cuya inteligencia se jactan de poseer en desmesura, mas etérea y paupérrima resulta. Aquello que trato de decir es tal que, fuera, puede que no sea gris como nos hacen querer ver los que, dentro, únicamente tienen blanco o negro, puede que el heraldo de la diversidad que hacen llegar a las masas, no sea más que la moviola con la que quieren proyectar nuestra vida a ojos de la suya. A ojos de una negrura con tonalidades grises teñidas de coacción.

Mirando hacia delante se divisa una mejoría social, virando al lado opuesto se otea una tranquila estabilidad. Qué insensato sería decir hasta luego, cuando se puede decir adiós. Porque es meridianamente eso, despedirse de aquel pasado para emular un futuro, puesto que esa maraña que hace llamarse sociedad, está consagrada a repetir errores. Yerros con una mano de pintura, pero con la misma chapa del pretérito.

El cansancio que se divisa en cada chorreo bilateral de palabras es un golpe contra la pared de la realidad. Un camino que pretende entender y ser tolerante, pero resulta ser angosto y como una vereda perdida en medio de una nada, donde te sientes enajenado preguntándote si el problema eres tú; porque está claro que así podría ser. Aún de esta manera hay una bifurcación y podría elegirse ese camino u otro que cuestiona y no acepta, que empenta contra dichas ideas fallidas, que no plagia para ser moderno y aceptado, y que ulteriormente atenta contra ellas tomando como base unas ya expuestas muy certeras. Me tomo la libertad, valga la redundancia, de utilizar cansancio para referirme a cada conversación y escrito que dejan plasmados aquellos tolerantes, puesto que me produce un estado de pesadez y fatiga inmensa, porque discurrir para ellos quedó nada más que en el de un río.

Asco, rabia y decepción, en la misma línea y dispuestos a encallar. A lo mejor la línea es quebradiza y realza los espasmos significantes, que caen impacientes de respuestas que resuelven y que no hacen simplemente cuestionar. Qué fácil es poner trabas al trabajo llevado a cabo. Qué hacedero es que aparezca cavitación en tu ágora metal y te haga fenecer, pero no será el caso de aquél que sepa dominar cada situación, así como un otero domina un llano.

Y es sólo eso, que a veces es necesaria una claraboya en el techo de tu éxito para que entre luz y ver un mañana mejor, más próspero que la espesura disuasiva que en ocasiones se cierne sobre mí. Me ahoga y me invita a pensar que la sociedad no tiene remedio, que ni tan escaso de longitud, ni tan alopécico.

Después de este trayecto, de enésimas y exponenciales paradas, me sabe bien un brebaje que deja inerte, tomado como destilación alcohólica débil.

Fin, no consigo acabarlo, ¡qué bloqueo!, ¿desisto? No sería ejemplar después de alentadoras motivaciones, empero el no y la negativa me asolan, la inspiración inexistente y la lacra de no ser quien ambiciono me impiden acabar. Vituperios me rondan la cabeza, improperios, injurias por no atinar con las certeras palabras que abran la mente de la escasa gente que leerá esto, aquellas con las que haga entender la crítica que no he de acallar y que atañe a todo aquél que no sea un necio como aquellos a los que me refiero.

En un sinfín habrá que lidiar con ello y vivir de espejismos, confiar en promesas, sentir frío o calor, para que la última bocanada sea tan frenética como la primera.

Lirismo inherente.

Lirismo inherente.

Salto inconexo entre distintas especies de entendimiento vital, todo ello por el duro trajín de haber sufrido un putamadral, por haber sido excomulgado y expelido de lo que en un soliloquio cardinal se considera normal. Hasta que cese de intentar vivir como la mayoría considera; como si uno no es, ya no, si sí, tampoco; además de aquello y lo anterior, mas del tiempo, poco se ve. Qué lío inconexo, pero cómo de bien lo evidencia todo, cuán atrevido resulta y cómo de simple se expresa.

La letanía le lleva lento lastrando las locas ligaduras livianas, estupefacto entrando en equívoco estado encerado, jovial juntando juncos jugosos. Osado odio ostento ociosamente originado. Oteo onanístico, subo siempre sin sentido sistematizado, siendo sólo simple sismo sitiado.

Me gusta, lo amo, lo adoro, lo siento cual deseo inquebrantable e impenetrable. Siempre me siento cómodo y a gusto cerca de él, o eso debe ser. Qué tortura todo ello, ¿por qué he de buscarlo en cada momento? Lo sigo, persigo; hallo placer excitante en continuar con él a mi lado. Hablo de él como un impronunciable, como maldición que me asola, mas lo requiero, ¿no? Cuán confuso me siento, porque lo único que sé es que me columpio sobre el error.

No sabré jamás remediar mi simposio transitorio, por ello lo plasmo para que quien sepa sacar las conclusiones que en el reverso expreso, pueda apuntar ejemplos no plausibles. No obstante, me atrevo a dar ciertas directrices. Rebosa, yergue, ríe, plañe, falla, hazlo bien, hazlo mal, pero no te acomodes en el pavimento si niegas el ascenso, porque así no llegarás a la cima. Aun cuando, es claro que te hallarás cual perdulario en el suelo después de caer, después del golpe, del agotamiento y del vahído. Muchas de dichas caídas dejan exhausto, pero no puede acostumbrarse a elevar la mirada, sino a bajarla, a ver el paisaje de decepción desde la perspectiva más encumbrada que uno mismo haya deseado. Yo tamizo esta altura en el pundonor desde el que no sea capaz de divisar la frustración que en ocasiones decidí aceptar, sólo en el que sea posible otear el esfuerzo que a ello me ha elevado.

Es todo evidente, todo, hasta la mínima dosis de realidad que te despierta en ciertas situaciones en las que se siente el estupor como una fragua en su punto más álgido. Sin embargo, la sociedad sectaria que toca transitar no acepta la expresión de tales evidencias y tiene mayor predilección por el enmudecimiento de aquella sobre la que opera.

De tanta libertad que reclaman aquellos ignorantes, preso uno se halla. Y esto es de dicha manera, no por mi desconocimiento, sino por todo lo antitético o antagónico, por aquella supremacía que poco se deja ver. Esa excarcelación, liviano honor hace a su nombre, ya que lo que acaban haciendo es imponer su propia autodeterminación, con ciertos convincentes argumentos, para los mismos que expreso, sin embargo, no para otros que posteriormente he evidenciado.

Exponencialmente se reduce la presteza para decir aquello que uno opina y, a tal velocidad se reduce, que acabará tomando el silencio la hegemonía de la palabra. Cada vez es menos plausible expresar tus pensamientos sin haberlo sopesado mil veces antes, para que libertinos no se ofendan. Sí, los califico como tal, puesto que reclaman libertad, pero sin ningún titubeo deciden sesgar mi capacidad de opinión, para con ello exacerbar su endevotada creencia de que son ellos los que albergan la razón y cordura. Y me pregunto, ¿no resulta ambiguo? ¿Que para llevar al éxtasis la libertad de expresión, tenga yo que demudar la mía en pos de la suya?

Me lo pregunto y lo reitero en mi cabeza como medidas para llegar a conseguirlo, a culminar aquello que todo aquél con mínima ambición desea. Y ello es como un cable en el tendido eléctrico o la Luna, que te persigue pero nunca te alcanza, porque tú eres inalcanzable, improbable de conseguir, aún cuando, también imprevisible, querido éxito.

Alquitrán sepulcral.

Alquitrán sepulcral.

Aquél que ve el horizonte mirando al suelo y el mar mirando al cielo, aquél que con hechos fehacientes siente la lluvia en el día soleado, y el hiriente rayo de sol bajo un techo ennegrecido. De sinsentido coexistente con una errática fachada está lleno el orbe, de placeres inconexos con el raciocinio exorbitante de uno que, en asimiento del grado en su mismo clímax, ansia, hasta peyorativamente, y a constantes cospes, que de cesar, ello sería inconcebible, puede evidenciarse mi simposio transitorio. A raudales sin descanso, partitura sin medida; confianza, esperanza y añoranza; éstas, que detrás de un aquifoliáceo se esconden, representan el mismo cimiento que impertérritamente se muestra, apocado en su estrechura y vedado de mayor floritura y anchura.

Hasta que el final determine por qué soy, in extremis, sirviente y lacayo de mis erráticas disyuntivas, por qué arremeto y roblono un negativo defectuoso sino. Será de aquél que dijo un día lo que querría poder contar cuando todo llaneara sobre un horadado terreno. Qué queda sino convidar por el que viste y calza, y aleccionar al que, inequívocamente, intentar expeler la ictericia que indignos le transmiten; dado que él mismo, él solo, él, en su aurea mediocritas, se mantiene cual león a su presa, aunque hagan todo por destruir su basa y llenar de volutas jónicas, que emponzoñan, y dejan gusarapiento al máximum, por no considerarle así. Pero es más audaz y osado que el que mucho esputa entre tanta verborrea, que el que increpa y subsana, resultando pedante.

Así es, más claro no podría ser, más escueto sí, más opresor en sus tecnicismos, mas en llano y cristalino, es su máxima lo que tiene, su Olimpo iluminador y la truncada, tachada y taciturna expresión, no calumnia, no juzga, sólo alecciona. En un soliloquio se cierne su vida, en la abnegada capacidad de despertar del alquitrán sepulcral que parece que todo excomulga, sin embargo, como si de un etéreo brote verde se profetizase, resurge para demostrar que nada fenece en su interior.

Bajo un dogma y axioma irrefutable se guía aquél que no sabe llevar ni forjar su hirsuto destino. Pero dejemos los problemas en el año que culmina, como cualquier otro, y hagamos que dichos pedantes, asfixiantes y aquéllos que liofilizan los sentimientos del prójimo desaparezcan en un vasto calendario de vivas esperanzas.

En estas placenteras opciones que se apresuran, me tomaré la licencia de decir que no se puede cometer el mismo error dos veces, la segunda vez que lo haces, ya no es un error, es una opción.

Introspección negativa.

Introspección negativa.

Mi yo, mi quién, ya no sé quién soy. Vagabundear por estados humanos de los que te digan que nunca vas a poder salir, de los que implorarás el indulto y recurrirás al mayor de los decoros. Una sentencia ecuánime, que dictatorialmente deplore por la justicia justa, redundando en el elemento esencial.

No hay un expreso manual que nos guíe al éxito, pero quizá es hora de que alguien empiece a escribirlo, a elaborarlo. Compendiando en él una fórmula de vida dirigente hacia el clímax de la protuberancia exitosa, allí donde todo pueda ser posible. Sin embargo, debe tenerse ávida cuenta de lo extremadamente codiciado que vendría siendo ese manual.

Y después de otros tediosos doce, ¿qué es lo que toca ahora? Seguir adelante, afrontar con gran entereza lo que venga, pero, ¿con la compañía de quién? Personas que llegan en los culminantes momentos de los doce y que se presentan como algo mejor de lo que se han presentado otras en doce, sin embargo, no en una docena de divisiones trigésimas en su mayoría, sino en una docena divisible en otros doce.

Derivando a un estado sin ánimo de buen juicio por considerarme por inferior de la media, por querer ser el prodigio que escriba ese manual, porque, porque y porque… Excusas sin sentido, el mismo que tiene mi jodida vida sin la persona que en menos estima me tiene, si bien la boca se le llena de sin juicios exuberantes para ensalzar un hecho, que ha quedado como una simple institución, pero que ya viene significando nada más que eso. Venga va, tolera, soporta, sobrelleva un poco más ese acto por el que te ningunean, total no va a ser la primera ni la última vez.

A pesar de ello tengo gran confianza en estos nuevos doce, en los cuales se pueda suceder una concatenación de coexistentes hechos con más alegría y con una primacía de lo honorífico, sin olvidar momentos de anquilosamiento de la mente por situaciones de extrema excitación y evasión. Y por ello, y no sin más, me hallo contando con los escasos dedos que poseo las personas que ahora se encuentran para compendiar al final de ellos las que continúan y las que se han expelido de mi buena, mala, deplorable o incluso exasperante compañía.

No terminaré sin nombrar uno de mis mayores temores, que puede ser el que acabe conmigo, no obstante, por ello hay que tener en cuenta que la peor manera de echar de menos a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.

 

El soslayo de la muerte viva.

El soslayo de la muerte viva.

A situaciones desesperadas corresponden medidas desesperadas, recalco y subrayo, como si de unos textos teóricos y en gran estima de ser recordados para en una posterior prueba evaluable ser plasmados se tratase, el hecho de la pura angustia irremediable, para con ello tener en licencia el poder con el cual no ser neciamente culpable de la acción, y en ello medida que deba ser desesperada.

Mas que desesperación, que aturdimiento del sinsentido sentimiento. Sería más estimable tener un elemento de tinta para en pos de la verdad plasmar el veredicto del sentimiento recluido en la prisión en vigilancia del celador que abre y cierra ventrículos, por los cuales se escapan las sensaciones climáticas. Aunque ese afecto, ese dolor, esa pasión, tristeza, pena, conmoción, jamás va a ser capaz de salir de dicho agujero insondable, por no tener alentadora motivación del mismo exterior sondable.

Destino sin fijación, rumbo sin camino escrutable, final mortuorio, principio apocado. Linaje colateral inexistente, y con ello sentimiento y vacío, desencadenante de una soledad perpetua, de la carencia de poder compartir vida y obra más que conmigo mismo. Aun cuando, esta soledad no se refleja únicamente en el ámbito de consanguineidad, sino más arduamente en medio de la escasa, pobre, difusa e impracticable biografía colectiva.

Negativamente tendré conciencia de lo que es discernir ese hecho, ese linaje colateral del cual no soy poseedor y nunca, evocando al mismo jamás, eludiendo al siempre, subyaciendo por debajo del no, esa experiencia de saber que no soy el único, será evaporada, volatilizada e incluso expelida a voluntad extenuante y exasperante. Y siendo de esta y no otra manera, no podrá ser una serendipia, sino una búsqueda exhaustiva, total, absoluta e íntegra, de la cual no se podrá sino obtener un falso oro, una pirita, la llamada el oro de los tontos. Mera y banalmente me hallo abyecto por la inmundicia de saberme engañado por algo tan insustancial y de poca aspiración a lo divino.

Cedo el legado a quien sepa llevar estos sentimientos de por vida, por considerarle por encima de lo superior, aquél que no se muestra conforme hasta que lo bueno es mejor, y lo mejor, excelente. Ese aquél que yo resulté ser algún lejano día. No obstante, cada vez es menos fácil sobrellevar la carga que me pesa, que no huye de la gravedad, sino que actúa con ella, pareciendo que ésta sea muy superior a lo que realmente es con algo inmaterial y simplemente espiritual.

Me distancio en holgura cada vez más de poseer apetencia, avidez o deseo de seguir la senda mortuoria adelante, de admitir, profesar, dogmatizar, fanatizar o estimar que la vida es útil para cosa más fructífera que para transitar y errar por ella. Así, no quisiera ahora, en este momento, más que la muerte me hallara esperándola con los brazos en posición de ser medida la envergadura. Y a todo ello especio que si lo que se lleva la vida se dice que está tan sumamente cercano y próximo en el tiempo desolador, preferiría e incluso desearía que no se demorara más, pero como es bien sabido, únicamente es mero deseo, el cual no implica acción, es pasivo, no activo, es estático y del mismo subconsciente.

Luego, en el momento en el cual me localizo a mí mismo pensando en aquello que puede hacer que discrepe con ese antojo liviano, se desagua, por ser requerido para mi escrutinio vital beber de tu boca de la cual emana el elixir de mi juventud; imploro extasiarme con tu mirada; que mis oídos se deleiten con tu voz como si de una orquesta se tratara o tratase; sentir el puro, lujurioso, desvergonzado, frívolo, inconstante y voluble tacto de tu piel y que por consiguiente la mía se torne en estado de excitación actual; oler el leve aroma embriagador que rezumas y el narcotizante efecto que tiene el sentir la vaporosa fragancia de tu pelo; y por último percibir con todo ello, y no en desapego de mí, todo tu conjunto siendo ello un manjar etéreo.

En meseta, me tacharán de atolondrado e irreflexivo, pero la tristeza no es desventura cuando no se ha hecho daño a nadie a sabiendas.

Títere tiñoso y tortuoso.

Títere tiñoso y tortuoso.

Citocromo transitorio sustancialmente relativo y suspicaz, nada de lo más sagaz es lo que voy a horadar en dicho conjunto poco útil de vocablos. Tirabeques de no más que tres brotes con los cuales poder proceder a romper el tallo sustancialmente contenido de savia.

Redactaré las cartas que algún buen día no escribí, surcaré los mares que algún buen día no navegué, me concederé el don de poder volar y con ello soñar y vagabundear por el mundo de los deseos, me extasiaré alegando hacia el futuro y ninguneado al presente. Sentiré que reír se puede hacer sin mirar atrás, y sí mirando hacia delante.

Se me hizo duro el trayecto, se me hizo largo el camino, se me hicieron cortas las entradas y salidas, las idas y venidas, mas en suma se prolongó el tiempo más de lo necesario y menos de lo innecesario y no requerido. Lancé una mirada conspicua y sentenciosa con el fin de determinar el extasiado momento de tener que decidir si aceptar que no es lo idóneo, o quizá preferir arriesgarse e intentar salir airoso de la zona de confort para adentrarse en la peligrosa y vertiginosa zona de fulgor palpitante y subyugado reto desafiante.

Triedro trirectángulo que puede y es capaz de tirar por la línea de tierra todo tu sistema superior a lo excelente, para dejarte vagar por el estado del que tiene deseos de alcanzar lo más alto y se queda a expresas puerta de dicho hecho.

Cansado, extasiado, extenuado, excomulgado, exasperado, iracundo, revuelto en cólera, furioso, sistemático, altivo, lisonjero, liviano, lozano, subyacente, derrotista, vital, jovial, banal, total, esquivo, alentado, fundido, en bretes, sojuzgado, contrariado, legible, roblonado.

Se supone que todo esfuerzo debe y es precioso y no desmerecido que tenga una recompensa, mas en llano dicho hecho no deja de ser una suposición fundamentada en falacias. En verdad, no sé si creerlo por tener algo a lo cual ser capaz de atenerme cuando me encuentre en mis débiles momentos poco contentos y exentos del calor producido por algo en graduación por encima de la década de años con mayor crisis para estas personas, que siendo temerosos de obviar con gran atribulación y lanzando una mirada de animadversión hacia esta ya dicha suposición, apreciación, conjetura, hipótesis, presunción, sospecha y no comprobación ni realidad.

Atendiendo de buena gana a este esfuerzo querría poder trabajar en tu sospecha desde la parte contraria para que así recibas la ultimación, para que así te seccionen en mínimas entidades sin esencia por compresión neumática para que quedes reducida a polvo inmaterial sin ninguna regulación funcional.

Deja, horada una huella tan grande por tu paso para que se haga hasta notar tu presencia arterial y ventricular, no más disparmente que tangencial, y con ello acabar alegando que quizá cuando nos encontramos deseándolo todo es porque estamos peligrosamente cerca de no desear nada.

Disyunción en la dádiva.

Disyunción en la dádiva.

Estado de frustración extrema, muerto de dolor por una consiguiente vez más, más de lo mismo, menos del nirvana amoroso inalcanzable. Todo mi estado actual lo podría resumir en siete palabras: “en el mismísimo confín de la mierda.” Y lo más tedioso de todo es que, aquella que hace que mi estado sea tal, es una muy inferior en edad, y tiene la capacidad de ningunear a sus “superiores” sin ningún miramiento, ni excusas sin fundamento.

Base ilegal de una idea sin igual, penosa mi actuación frente a la codiciosa sin razón. Tener que subyacer sin ninguna marca de tiempo finita, sino indeterminada. Sin dicha me hallo, lejos de estar dichoso por preferir estar ojeroso y andrajoso en el tema que nos atañe.

Ejecutar todo de una forma errónea, ¿por qué? Si tuviera respuesta no ofrecería una dubitación para darla. La única contestación fija que podría añadir a ella, sería una desolación extrema por no confiar en mis propias ideas circunspectas una vez más. Porque tiendo al infinito sin una extenuación clara.

Portadora de un talle seco, borde, grosero, cargante y cortante, no sin dulzura, blandura, afabilidad, melosidad y ternura escondidos bajo esa capa ya citada. Incapaz era de pensar que podría llegar a ver esas facetas tan adorables, no obstante, ahora me encuentro de nuevo en la primera fase, aunque pudiera ser una tercera, siendo ésta una primera con mayor clamor aun.

¿Puede doler el alma? Te diría que sí, y si no estás de acuerdo conmigo, cámbiate por mí, y siente esto mismo que padezco. Dolor punzante por saber que no tiene arreglo, y en caso de que lo tuviera, sería tan poco fácil resolverlo, que nos encontraríamos en el mismo estado. Imposibilidad de verse podría ser una causa, agobio sin ninguna justificación, sin ningún cimiento, pretexto, pilar o soporte, vendría a significar otra.

No hay ligereza en el aquel perturbable, sino en el interés poco demostrable de la infame a la que yo he de pretender. Y si hubiera sido unos meses hace, en la disyuntiva de poco y nada se encontraría la importancia que a dicha podría darle.

Parece que lo único que pretendo es exponerme en un tablero de ajedrez como si de una guerra se tratase, y allí lidiar con tus tratos de desprecio y tus mínimas dádivas sin apego, cariño, afecto, adoración, predilección o amor, encontrándome únicamente con odio, repugnancia, rencor, aversión, aborrecimiento, animadversión, antipatía e inquina sobre el resto de las cosas. Mas con todo ello no me considero un ser al que haya que abominar, no declaro que haya que tenerme por encima de la cota mínima, sólo un poco en estima, ya que he resultado ser el primero, y no el último, que ha juntado expresos y dulces labios para compendiar un ósculo sin igual. Entiendo la diferenciación de longevidad irrisoria, sin embargo, entiende tú lo que no eres capaz de comprender por la escasa experiencia que posees.

Me extasiaré diciendo que me acojona esto de tener en mayor estima de lo normal a alguien, porque yo de olvidar no sé una mierda.